Protagonista. Jonatan Álvez tuvo un inconveniente con el entrenador Guillermo Almada. (HENRY LAPO / Expreso.ec)

Los que observamos el incidente protagonizado por el jugador Jonatan Álvez, el anterior domingo, sacamos de su actuación las más variadas conclusiones. Desde lo futbolístico se trató de un elemental procedimiento de sustitución hecho por un técnico con el afán de generar un beneficio para su club. Almada remplazó a Álvez por algunas razones obvias: el partido estaba asegurado en el resultado y deseaba refrescar la plantilla. Agréguese lo que Almada tenía diseñado tácticamente para cerrar el compromiso.

Ese reemplazo produjo una reacción inesperada, vista por todos los que seguíamos las incidencias del partido. El uruguayo, escogido para salir, ofuscado, no contuvo su malestar e indignado y algo más –diría iracundo– inexplicablemente arremetió contra su superior jerárquico. Este acto, que lo califico como bochornoso, puso a prueba toda la estructura de valores en que las instituciones enmarcan las actuaciones de sus jefes, subalternos y otros que conforman el colectivo Barcelona, en el caso que tratamos.

Es lógico pensar que las primeras reacciones de los dirigentes eran mitigar el impacto que generaría la actitud antideportiva de uno de los mejores exponentes de su equipo. Para lograr aquello utilizaron una locuaz estrategia que consistió en recalcar que “son cosas que pasan”, que lo importante es tener en cancha jugadores con ese temperamento y que son temas que se tratan y se solucionan dentro de los camerinos.

Lo que no esperó la dirigencia es que gran parte de la prensa –en su calidad de catalizadora de la opinión pública– señalara enfáticamente que el campo de acción del jugador sobrepasó la periferia de lo meramente futbolístico para entrar en la evaluación de los contenidos de los códigos disciplinarios. Y también del respeto al espectador, del desacato e insubordinación, y no olvidamos el mal precedente ofrecido a menores que ven en sus ídolos un ejemplo a seguir.

Además, pasaron por alto que los personajes públicos deben tomar conciencia de que sus actos tienen un efecto de valoración en los menores, capaces de captar mensajes erróneos.

Es importante aclarar que no es mi afán descubrir si el código disciplinario torero es suficientemente riguroso como para aplicarse una sanción económica significativa. Nos dejaría más tranquilos conocer una excusa pública, que tendría un mayor efecto reivindicatorio. De lo que sí estoy seguro es de que muchas interrogantes emanarán de esta coyuntura para evaluar una actuación improcedente de un futbolista. Como por ejemplo:

1) ¿Deben los futbolistas estar inmersos en el riguroso escrutinio público?

2) ¿Se debe arropar y proteger la inconducta bajo el criterio de que se lo necesita deportivamente?

3) ¿Se deben tratar internamente casos que, ocurridos públicamente, trascienden dada la relevancia social?

4) ¿Es posible aplicar en el mundo del fútbol el marco sancionador con la misma energía con que se castiga la inconducta en un cuartel militar o en un convento religioso?

Estoy convencido de que como se las conteste, y sobre todo se las acepte, estas preguntas nos permitirá conocer cuál es la medida de valores que protegen a la sociedad cuestionada.

El ejemplo que comentaré puso a pensar a todo Chile en el 2015. Uno de los ídolos futbolísticos de ese país, Arturo Vidal, en plena Copa América, aprovechó una tarde libre en la concentración para irse a un casino con su pareja. Cuando se dio cuenta de que la noche estaba avanzada, en estado de ebriedad condujo su Ferrari y el choque no se hizo esperar. Ante el escándalo de toda la nación, la sociedad chilena se dividió en dos. Un grupo airadamente exigía una sanción ejemplarizadora para castigar enérgicamente al irresponsable Vidal; y otro grupo, encabezado por el técnico Jorge Sampaoli, alegó la necesidad que tenía la selección de contar con las cualidades futbolísticas de Vidal, e invocó el interés nacional. Sampaoli ganó la causa, siguió usando a Vidal y además salió campeón de la Copa América. Y como era de imaginarse la celebración fue tal que hizo olvidar las culpas y se privilegió el disimulo por la necesidad.

Este caso del chileno Vidal tiene una explicación adicional. Cuentan que fue fundamental que el deportista, con lágrimas y con voz cortada, en apenas dos minutos reconociera su error. Mostró signos sinceros de arrepentimiento, ofreció disculpas sentidas, y se ganó el perdón. Como anécdota se conoce que Vidal, poco antes de su exposición, aceptó que no le quedaba “la corona que le habían puesto los chilenos” y que no quería “ser más el rey de los hueones”.

Es siempre importante aprovechar las oportunidades que dan los inconvenientes conductuales y cuánto provecho se puede sacar de un partido de fútbol y una inconducta. Lo de Álvez bien pudo pasar como un acto disparatado, sin trascendencia, si se aceptaba la excusa de que la suya fue la reacción propia de un hombre que hace de lo temerario un hábito. Menos mal la prensa estuvo presta para exigir una explicación.

La dirigencia torera debió cambiar su discurso inicial por uno más concienciado para crear un escenario más reflexivo sobre la notoria inconducta de su jugador. Sea como sea, Barcelona sabrá cuánto necesita a Álvez, pero para obtener los objetivos deportivos conoce también los riesgos que implica, si es que la indisciplina, la falta de respeto, las indulgencias inmerecidas y las reincidencias llegasen a tomar cuerpo. Tengo la confianza de que este infausto incidente no va a alejar a la dirigencia de su propósito deportivo y espero que les haya servido para estar atentos cuando tengan que administrar nuevos insucesos.

Álvez termina siendo el típico caso entre indulgencia, perdón y necesidad. Y como corolario, me quedo con el mensaje aleccionador de Bertold Brecht, dramaturgo alemán, quien reconoció que en todo lo malo, “todavía es fecundo el vientre del que surge la bestia”. Es decir, pensar que entre las lágrimas del chileno Vidal también se encontraba la reconciliación. También así las sociedades encuentran satisfacciones.

Tomado de: EL UNIVERSO

  • TEJEDOR

    A ESTE AHUEVADO DE GUAYAQUIL CREO QUE EN UN PROGRAMA QUE TIENE EN CNT LE DICEN ” EL CONDE”, NO SE A QUE SE DEBE ESE APODO. DEBERIAN PONERLO AL FRENTE UN RETRATO DE CHIRIBOLAS PARA QUE NO COMENTE HUEVADAS.