Artículo de Jorge Barraza para EL UNIVERSO

Nunca es bonito para el cronista hablar en la derrota, pero esta forma parte de la realidad, de lo que será historia mañana. La famélica demostración futbolística de Barcelona en la final de diciembre ante Emelec fue un síntoma inquietante para el mundo amarillo: jugar tan mal nunca es auspicio de tiempos mejores. Eso, más allá de perder el título. Y de cederlo ante el rival eterno. El mercado de pases renovó la ilusión (en Barcelona siempre reverdece a la hora de los refuerzos). Luego devino el pálido comienzo en el campeonato nacional, hasta desembocar en esta Libertadores que entrega un diagnóstico mucho más severo: el estado es crítico. El malestar del hincha se ahonda porque recién comienza la temporada, y ya nace mal. Las señales que llegan desde el campo no son tranquilizadoras: el juego del equipo está muy mal. O para ser más gráficos, no existe.

Desde luego, la dirigencia, el técnico y los jugadores piden paciencia, “vamos a mejorar”. Pero de momento no hay razones que vaticinen una levantada importante, al menos en la Copa, que pasa como una ráfaga y no da tiempo a recuperarse. Barcelona tiene dos jugados, cero punto y cero gol en un grupo homogéneo, de los más difíciles, con tres rivales sólidos, con aspiraciones.

Con la sencilla receta de la corrección, Libertad se llevó a Paraguay tres puntos con una comodidad que difícilmente encuentre en otro partido de esta competencia. Rubén Israel hizo una virtual ratificación del once que fue zarandeado en La Plata: un cambio apenas, el de José Luis Perlaza por Luis Checa. El resto no cambió. Fue igual que en La Plata, en nombres, en juego y en actitud. Luce como un barco sin brújula y sin rumbo, sin ideas ni ingenio para armar una jugada profunda, carente de espíritu y de rebeldía para torcer el resultado y las críticas. Da la impresión de que si recibe un gol no tiene cómo remontarlo.

Desde afuera es difícil justipreciar qué porcentaje de responsabilidad le cabe por esto a la dirigencia, cuál al entrenador y qué tanto al plantel. Uno analiza el juego, y desde ese prisma es muy pobre esto de Barcelona, mísero para un club que maneja siempre altos presupuestos, que acaba de contratar diez refuerzos, que cuenta con una enorme masa de adherentes y que ha sido dos veces finalista de América.

Pese a la abultada y fea derrota de su rival ante Estudiantes, Libertad respetó a Barcelona. No obstante, su prudencia duró 20 minutos. Cuando se dio cuenta que enfrente no había nada que pudiera intranquilizarlo, comenzó a animarse. Su defensa no pasaba riesgos, el excelente lateral derecho Jorge Moreira convirtió su banda en una avenida, Sergio Aquino y Hernán Rodrigo López tejían en la mediacancha. Y empezaron a frecuentar el área amarilla. Tuvo tres llegadas netas, un cabezazo a los 36′ de Jorge González a las manos de Máximo Banguera y un tiro libre a los 39 en el que el meta barcelonista volvió a dar un rebote largo y el colombiano Santiago Tréllez desperdició la ocasión. Dos avisos fuertes, más bien dos intimaciones. Y a los 45′ fue el mismo Moreira quien acarició el gol. Su tiro se fue apenas desviado.

¿Barcelona…? Perdido, ausente. Apenas el esfuerzo de Brahian Alemán (aunque muy errático e individualista, como si quisiera justificar su pase), y algunas cascaritas de Ely Esterilla. El ingreso de Álex Colón en el segundo acto y una evidente sacudida en el vestuario le dieron cierta animación, la cual se diluyó en en el primer cuarto de hora. No obstante, en esta orfandad absoluta de ideas, de generación de juego, parece imprescindible juntar a Colón con Esterilla. Podría surgir algo positivo. Siempre puede suceder algo bueno cuando se asocian dos que saben con la pelota. ¿O va a ser peor que esto…? De pronto se beneficia Ismael Blanco y pesca un pase, algo… El pobre Blanco parece un náufrago al que nadie ve ni escucha, ni galletas le quedan.

Aún con el 0 a 0 la desorientación local era visible. Cuando aparece el sálvese quien pueda, es porque hay problemas en el cuadro. En un tiro desde el costado, a los 64′, había 7 camisetas amarillas en el área esperando el centro, pero Alemán remató directo al arco y se le fue desviado. Blanco hizo un gesto evidente de fastidio. Minutos después, Alemán encabezó otro avance y tenía al goleador libre a la derecha, pero prefirió definir él. Se le fue afuera de nuevo. Más fastidio…

Cuando Libertad terminó de comprobar que no llevarse la victoria hubiese sido una tontería, se lanzó y la consiguió, con un gol típico -para Barcelona- de cuando las cosas vienen torcidas: pase de Iván Ramírez al claro para Recalde entre Alemán y Lamas, la domina y se le escapa, pero pifia Alemán, falla Lamas y la pelota le queda al punta paraguayo que la cruza bien, fuerte y cruzada, difícil para Banguera. Perlaza no tuvo nada que ver, estaba detrás de Lamas. Merecido 1 a 0, había hecho más Libertad.

El gol derrumbó a Barcelona anímicamente. Intentó algunas tibias aproximaciones a la valla de Rodrigo Muñoz en esos minutos restantes, aunque intrascedentes. Y terminó de desorganizarse (Lamas se fue a jugar de nueve). Se nota una crisis de confianza en los jugadores, la falta de un plan de juego, o al menos la falta de su cumplimiento. Y sobre todo no aparece el desnivel, el desequilibrio que rompe una línea, jugadores que con un rapto de talento puedan sacarse una marca, hacer un gran pase. Es un combo complicado. Y la atmósfera enrarecida se potencia por el dulce presente del eterno rival. En estas horas malas conviene recordar aquella desafortunada sentencia futbolera: “prefiero jugar mal y ganar”. Si esa fórmula fuera cierta, Barcelona iría puntero en su grupo. Va último.

Pero el fútbol es maravilloso, da revancha siempre. El partido del domingo, aunque suene contradictorio, le cae mejor a Barcelona que a Emelec. Como está jugando, tiene todo para perder, pero si gana (y los clásicos son impredecibles) puede ser el punto de partida de una gran reacción, un viento sano que cambie el humor de todo Barcelona y lo encamine por rutas mejores.

Tomado de: El Universo