Los seguidores de los programas de radio y televisión ecuatoriana parecen haberse acostumbrado a escuchar los más insólitos dislates que son una bomba contra la racionalidad y el buen juicio. La obsesión por el rating exige que en un panel haya siempre alguien que desbarre con opiniones que lesionan la inteligencia. No todos lo hacen por seguir libretos. Algunos son auténticos; creen en lo que afirman y no les importa que la gente piense que nunca van a morir de derrame cerebral por ausencia de materia gris.

“Barcelona no tiene alma”, dijo Carlos Luis Morales, exarquero del ídolo del Astillero, y provocó una tempestad. Aludía Morales a la falta de espíritu combativo y al conformismo que muestran los bien pagados canarios, con algunas muy escasas excepciones. El abanderado de las burradas radiales replicó de inmediato diciendo que eso de la garra o “alma” era una mentira; que lo único que vale es la técnica. Moraleja: los once futbolistas de Barcelona pueden salir a la cancha a hacer cascaritas con pies, hombros, rodillas y cabeza, sin dejar caer el balón al piso durante 90 minutos. No necesitan correr, luchar por obtener un gol o evitarlo. Pueden dejar que el adversario los apabulle porque lo importante es “su técnica”.

Comentarios como estos siembran dudas entre los oyentes y distorsionan la realidad del deporte. Lo que tradicionalmente se ha llamado garra es una fuerza extra que lleva a los deportistas a sobreponerse a situaciones extremadamente adversas, y mediante un sobreesfuerzo físico y anímico, obtener logros impensados. Consiste en un plus de concentración, fuerza y capacidad que aflora en los momentos difíciles.

Uruguay lo demostró en 1950 en el Maracaná, ante la arrolladora máquina brasileña considerada técnicamente superior. El coraje exhibido por su líder, Obdulio Varela, se sobrepuso a los vaticinios adversos, al ensordecedor griterío de más de 200.000 personas y a la desventaja inicial. Uruguay fue campeón del mundo. Imagínense ustedes a alguien diciéndole a Varela y a los charrúas que la garra y el coraje no valen nada ante la técnica. El escritor-periodista uruguayo Andrés Morales afirma en su libro Fútbol, Política y Sociedad que “la habilidad basada en el quiebre de cintura, la moña, el caño, el sombrero, la gambeta se combinan con un profundo coraje en los momentos difíciles. Ese estilo que con el tiempo se pasará a denominar ‘la garra charrúa’ adquirirá su cenit en 1950 con la conquista del Maracaná”.

Todos los equipos auténticamente grandes requieren de un plantel ordenado, técnica y físicamente apto y hombres resistentes a la resignación ante la adversidad. En el caso de Barcelona, la pasión popular por su divisa fue alimentada por jugadores criollos que lucían alta clase como Galo Solís, Jorge Cantos, Enrique Cantos, José Pelusa Vargas y Guido Andrade, y que en conjunto eran una formación aguerrida, capaz de voltear partidos perdidos con su espíritu inclaudicable. Esa condición empezó a ser reconocida en 1947. El 30 de octubre de ese año El Telégrafo retrataba el rostro del equipo guayaquileño que iba adentrándose cada día en el alma popular. Esto reseñaba una nota: “Barcelona es el cuadro que en lo que va de la temporada ha demostrado mayor empuje y corazón para hacerse de la victoria. De allí que la afición vea con simpatía al cuadro barcelonés. Sus hombres van a la cancha resueltos a jugarse enteros dando una demostración grande de cariño para sus colores. No hay un solo barcelonés que no demuestre antes de los partidos confianza en cada uno de sus compañeros y risueñas esperanzas de ganar. Este es un fenómeno que no se presenta en la mayoría de nuestros cuadros grandes. La apatía y la inseguridad es la fisonomía de los jugadores”.

¿Cómo sostener ante un seguidor torero la mentira de que el coraje no tiene importancia y que lo que vale es la técnica? ¿Podría el opinante mirar a los ojos de Fausto Montalván, Luciano Macías o de Jimmy Montanero, capitanes históricos, y decirles que su vergüenza deportiva fue material inservible? ¿Habría sido capaz de decirle lo mismo en su cara a Jorge Bolaños, quien a su técnica exquisita, con la divisa de Emelec o la de Barcelona, agregaba un fervor único y contagiante?

En el Torneo del Pacífico de 1949 Barcelona arrasaba a Emelec. El marcador era 3-0 cuando se fue la luz en el Capwell a poco de iniciado el segundo tiempo. Cuando se repuso la iluminación Emelec había renacido y consiguió un empate a 3, impulsado por la rebeldía del argentino Juan Avelino Pizauri, quien se batía con fiereza ante Juan Benítez –el lateral amarillo– y los goles del manabita Hugo Mena. El fervoroso desempeño de ambos clubes terminó por cimentar el naciente Clásico del Astillero.

En el mismo 1949 Barcelona enfrentó a Millonarios de Bogotá, uno de los mejores equipos del mundo, que traía en sus filas a Néstor Raúl Rossi, Alfredo Di Stéfano y Adolfo Pedernera. Quien niega el valor de la garra bien haría en preguntar a sus compañeros de panel quiénes son estos futbolistas. Diario EL UNIVERSO, haciendo hincapié en el poderío de la visita, dijo el 26 de agosto: “Queda la esperanza, siempre ha de ser así, que el conjunto barcelonés ofrezca, como en tantas ocasiones, una gran presentación ante un gran rival, pero, de todas maneras, se deben tomar las medidas necesarias para evitar una catástrofe”. Lo que se suponía podía ser una goleada fue una victoria del cuadro porteño 3-2 y la consolidación de la idolatría.

El triunfo –que hoy los enemigos de la historia y odiadores de Guayaquil niegan en su proyección– hizo que en Colombia surgiera una pregunta: “¿Es tan bueno Barcelona como para ganarle a Millonarios?”. Para salir de dudas lo invitaron pocos días después a un cuadrangular en Barranquilla. Barcelona ganó el torneo y volvió invicto. A su gran calidad, Barcelona, la que forjó su idolatría, agregaba un factor muy importante: era un equipo de HOMBRES sacrificados y luchadores que nunca se rendía. Y eso que cobraban casi nada.

Tomado de: El Universo