El narco más famoso de Latinoamérica utilizó su pasión por el fútbol como un arma de lavado de dinero. Así, compró jugadores y pagó sueldos inexistentes para ese momento. Bajo su mando, consiguió la Copa Libertadores de 1989.

Pablo Escobar es un personaje muy importante en la historia de Colombia, y más todavía de Medellín, ciudad donde nació y donde juega el Atlético Nacional, el próximo rival de River en la final de la Copa Sudamericana 2014.

Escobar era un fanático del fútbol: empezó con ayudas comunitarias, siguió construyendo campos en barrios más pobres, bajos y humildes de Medellín. Si el campo ya existía, le agregaba iluminación y pintura.

El capo narco más famoso utilizó el deporte como un arma más en el lavado de dinero: ayudó tanto a Atlético Nacional como a Independiente, los dos clubes de la ciudad, a comprar jugadores y pagarles un salario en dólares. Aunque directamente nunca se hizo socio o presidente de alguno de los equipos, sí tuvo gente de su entera confianza al mando durante algún tiempo.

El plantel de Atlético Nacional era el que más relación tenía con Escobar. En el documental «Los dos Escobar», de los hermanos Zimbalist, René Higuita cuenta que fue a visitar al narco a la cárcel, como «muestra de apoyo». Sin embargo, Faustino Asprilla comentó que todos los jugadores de la Selección, finalmente, lo visitaron y que luego jugaron un partido, por decisión de Escobar.

De la mano del narco, Atlético Nacional ganó la Copa Libertadores 1989 ante el Olimpia de Paraguay, en lo que fue una de las definiciones por penales más larga de la historia. Nunca se pudo comprobar, pero dicen que los jugadores no habrían querido convertir su ejecuciones y ganar la copa, por miedo a ser asesinados una vez finalizado el encuentro.

Fuente: Minuto Uno

Acá su historia más detallada| Por Ezequiel Fernández Moores, Para canchallena.com

«¿Qué sabe del Atlético Nacional?», preguntan los periodistas colombianos. Responde el jugador brasileño Josef de Souza: «Es un buen equipo, que tiene grandes cualidades y sabemos que tiene buenos jugadores, como Pablo Escobar y otros». Escobar, muerto desde 1993, ya no «juega», claro. Pero su nombre marca la historia del rival de Barcelona esta noche en Copa Sudamericana. Antes de Escobar, Nacional había ganado apenas cuatro títulos en cuatro décadas y acumulaba cinco eliminaciones en primera rueda de Copa Libertadores. Con Escobar, en cambio, Nacional se convierte en el primer equipo colombiano campeón de la Libertadores, roza la cumbre mundial y pasa a ser uno de los equipos más poderosos de Colombia y de Sudamérica. Es cierto, tenía -y tiene- grandes jugadores y gran juego. Pero tenía también el poder de Escobar. «El Patrón del Mal».

Antes de Escobar, en cuatro períodos distintos de 1962 al 83, el presidente de Nacional es Hernán Botero Moreno, célebre cuando en 1981 muestra un fajo de billetes en pleno clásico ante Independiente Medellín (DIM), sugiriendo que el árbitro está comprado por el rival. Botero posee el 76 por ciento de las acciones del club cuando en 1985 se convierte en el primer extraditado de Colombia a Estados Unidos, acusado de lavado de dinero. En repudio, la División Mayor del Fútbol Colombiano (Dimayor) se declara en duelo y suspende la fecha del campeonato. Son tiempos de narcofútbol. Otro de los propietarios posteriores de Nacional, Octavio Piedrahita, también acusado de lavado, muere asesinado en 1986. Llega Pablo Escobar. El Millonarios de Gonzalo Rodríguez Gacha, «El Mexicano» (número dos del Cartel de Medellín) sale bicampeón 87-88 y desplaza al poderoso América de los hermanos Rodríguez Orejuela (Cartel de Cali). En 1989, es el turno de Pablo Escobar. Nacional se proclama rey de la Libertadores. Pero no de su país. El campeonato colombiano queda suspendido porque unos sicarios matan al árbitro Alvaro Ortega. «El asesinato -dice en 2012 John Velásquez, alias Popeye, mano derecha del narco- fue ordenado por Pablo Escobar.»

El año de Nacional es también el año de Pablo Escobar. Su Cartel de Medellín asesina en 1989 al precandidato presidencial Luis Carlos Galán, hace explotar 100 kilos de dinamita en el diario El Espectador y derriba un avión de Avianca con 107 personas creyendo que entre ellas estaba el también candidato César Gaviria. Son asesinados otros políticos. Y también jueces, periodistas, sacerdotes, policías y sindicalistas, buena parte de ellos víctimas del Cartel de Escobar. Medellín sufre en 1989 un total de 4052 homicidios, casi el doble que en 1988. Años de carros-bomba, masacres y magnicidios. De quince homicidios diarios. De un atentado cada dos días. De narcoterrorismo de carteles, clanes, guerrilla y paramilitarismo. El año pico es 1991: 6349 homicidios, 17 por día. La «Capital Mundial del Crimen -escribe Gerard Martin en su libro Medellín, tragedia y resurrección- es más violenta que la Chicago de Al Capone, que el Palermo de los Corleonesi, que la Marsella de la French Connection». Decenas de políticos, policías, jueces y periodistas comprados. «Medallo», apodo cariñoso, pasa a ser «Metrallo». Y Medellín, «la ciudad de la eterna primavera», se convierte en «la ciudad de la eterna balacera».

Nacional inicia la exitosa Copa Libertadores de 1989 ante Millonarios. Clásicos calientes y arbitrajes polémicos. En primera fase, empata 1-1 en Bogotá y pierde 2-0 en Medellín. En octavos, Nacional elimina a Racing (2-0 y 1-2) y Millonarios a Bolívar por penales, con el árbitro peruano José Ramírez cobrándole un adelantamiento decisivo al arquero boliviano, no así a Sergio Goycochea, que ataja para el ganador. El choque colombiano se repite en cuartos. Gana esta vez Nacional. Valioso empate 1-1 en Bogotá con arbitraje escandaloso del chileno Hernán Silva y 1-0 en Medellín. «Esa noche -cuenta un jugador de Millonarios a un colega colombiano- en los palcos había armas, había armas por todos lados. No sé cómo no hubo una tragedia.» Para las semifinales ante el uruguayo Danubio, todos recuerdan una declaración del árbitro argentino Juan Bava a El Gráfico: «Entraron al hotel unos tipos con ametralladoras? Nos ofrecieron plata y nos amenazaron de muerte». No hacen falta ayudas. Nacional, que había igualado 0-0 la ida, golea 6-0.

En la final, Nacional pierde 2-0 la ida en Asunción contra Olimpia. La Conmebol decide que la vuelta se juegue en Bogotá. Olimpia llega a la cancha escoltado por tanques. Pierde 2-0. Pierde también en los penales. Dieciocho tiros, cuatro atajadas de René Higuita. El miedo por las amenazas ante cada partido en Medellín explota en la Libertadores siguiente, por una denuncia formal del árbitro uruguayo Juan Daniel Cardellino. La Conmebol suspende los estadios colombianos. «Circunstancias ajenas al fútbol», define las sanciones Sergio Naranjo, entonces presidente, en su balance despedida de Nacional. En diciembre, diarios italianos afirman que Nacional no debería ser autorizado a jugar la final de la Copa Intercontinental. El Milan le gana con lo justo. Celebra feliz su dueño, Silvio Berlusconi. «¿Qué dinero es limpio?», se pregunta en un momento el periodista Pepe Calderón, personaje de Autogol, novela del colombiano Ricardo Silva Romero.

Nacional, fue dicho, tiene jugadores formidables en tiempos de Pablo Escobar. Son figuras de la selección colombiana que asombra en el Mundial de Italia 90 y que en 1993 golea 5-0 a Argentina en el Monumental. Llega favorita al Mundial de Estados Unidos 94, pero cae en primera ronda y, a la vuelta, sufre el asesinato de Andrés Escobar, culpable de autogol. Un año antes, el ejército, o parapoliciales protegidos por el poder, mata a Pablo Escobar. Una bandera del DIM, y no de Nacional, cubre su cajón. Dos décadas después, el narco que en su momento de gloria contrató hasta shows del músico brasileño Roberto Carlos hoy es un paquete turístico en Medellín, museo y tumba incluidos, además de telenovelas con récord de audiencia y ahora cine en Cannes con Benicio del Toro, mientras el Estado comienza a castrar hipopótamos de su zoo privado. Se han reproducido hasta llegar a sesenta. Según las autoridades, «representan una amenaza para la seguridad pública».

Escobar está muerto. Medellín, si bien mantiene altas tasas de homicidios, es otra ciudad, con políticas de inclusión citadas como modelo y que resaltan su gran belleza natural. «Las ciudades -dice el escritor colombiano Juan José Hoyos- están hechas de olvido: una capa de asfalto y encima una capa de olvido, y después otra capa de asfalto.» Y Nacional, definitivamente, es otro equipo. De 1994 a 2014 gana nueve Ligas colombianas, las tres últimas seguidas y con chances de tetracampeonato. Logra además dos Copas y una Superliga de Colombia. Y dos Copas Merconorte. Además el subcampeonato en la Sudamericana. Ahora quiere reconquistar la Libertadores. Sigue teniendo buenos jugadores (Berrío y Bocanegra), buen juego colectivo y un DT de respeto (Juan Carlos Osorio, gran candidato a la selección cuando finalice el ciclo de José Pekerman).