Por: Claudio Campos, entrenador de fútbol

El destino siempre tiene oculto en sus archivos posibilidades remotas que si llegan a congeniar con otras circunstancias, pueden gestar capítulos nunca imaginados. En los perennes vaivenes que transita Barcelona, podemos remarcar que la contratación del uruguayo Jonathan Álvez está con un gran manto de lógica y no porque ya marcó goles y de a poco se convierte en titular indiscutido, sino también porque el ADN del equipo torero y del jugador tienen mucha compatibilidad. Los sistemas tácticos actuales requieren especialistas en sus puestos y solicitan en la evolución de los mismos a jugadores que entiendan y sepan transformar sus características en eslabones determinantes dentro de cualquier esquema.

Álvez no es un centro delantero típico de área, que cuando pisa ese sector del campo de juego ingresa en la frontera de su hábitat y todo lo que ahí adentro suceda está al alcance de sus posibilidades. Para graficar un poco y poner claro el concepto podemos recalar en el compañero del charrúa, el otro hombre gol que cuenta el plantel que es Ismael Blanco, que goza de la particularidad de a veces ser torpe o con movimientos muy forzados en sectores alejados, pero que es capaz de resolver en una baldosa con un simple y certero disparo dentro de la zona más caliente de la cancha.

Retomando el análisis, también debemos resaltar que Álvez tampoco es un clásico ‘win’ o un futbolista que viva de su impronta y capacidad de regate por las bandas, pero sí podemos denotar que su diversidad de conceptos bien utilizados en favor de su equipo como los movimientos constantes explotando su velocidad en diagonales que son una puñalada en el corazón de las defensas rivales o el gran entendimiento de saber dónde aguantar la pelota y también cuándo jugar a un toque y desmarcarse, lo encumbran en un delantero moderno y versátil que ostenta la virtud de nunca entregarse y ser como dijo alguna vez Carlos Bianchi sobre Martin Palermo, un optimista del gol.

La figura y los desempeños se agigantan cuando sus socios de ataque leen sus movimientos y ponen el balón justo donde el desequilibrio del punta solicita la jugada. Otro aspecto muy determinante es que su circulación felina por todo el frente de ataque lo torna muy difícil de referenciar y esto produce desconcierto constante en las defensas rivales primero porque deben estar muy concentrados en la toma de marca por la zona que deambule el uruguayo y por otro lado un recurso de descanso para su propio equipo que ve en él al indicado cuando debe intentar retener el avances de las líneas rivales.

Poniendo la lupa sobre su rendimiento, encontramos muchos aspectos positivos, pero naturalmente también tenemos que ser imparciales y decir que en más de una ocasión exagera faltas inexistentes y también abusa en demasía de la actuación para levantar al público y que su masiva expresión influya en el árbitro para que éste tome quizás alguna decisión incorrecta. Sin lugar a dudas el carácter y predisposición dentro del rectángulo sagrado se identifican como puntos innegociables en la importancia de su juego dentro de un equipo que ya entiende cómo explotar y potenciar sus virtudes, situación contagiosa en un deporte que más allá de cuestiones técnicas, tácticas o físicas es principalmente emocional.

Álvez acrecienta cada partido su rendimiento y eso se vislumbra en la importancia adquirida en el corto tiempo que vive dentro de una institución que tiene al juez más impávido del país que es su gente y que tiene la enorme particularidad de demostrar enamoramiento por actuaciones y resultados pero que es muy selectiva cuando elige a sus soldados inmortales que gozan de un pedestal especial, y hoy sin temor a equivocarme tengo la sensación de que Álvez está camino a lograrlo, simplemente por una cuestión de afinidad. (O)

Tomado de: El Telegrafo