Anthony de Ávila camina por la avenida Nueve de Octubre de Guayaquil y su andar es ‘sabroso’. Mueve los brazos de atrás hacia adelante en una armonía perfecta con sus piernas. Parece un porteño más.

Siempre mira hacia un lado y el otro para advertir si alguien se le acerca.

  El ‘Pipa’ aprendió a ‘rodar’ por las calles de Guayaquil durante su paso por Barcelona, entre 1997 y 1999. A menudo caminaba desde su casa en la ciudadela Urdesa hasta el parque de la Kennedy, donde trotaba todos los días, menos cuando había partido. También recorría a pie la zona comercial de la Bahía cuando iba de compras.

 Ahora, 19 años después, con más arrugas en su rostro y con su cabello revuelto pintado por algunas canas, este colombiano de 54 años y 1,57 metros de estatura no pasa inadvertido entre los transeúntes. Cuando se acerca a la intersección de  Avenida del Ejército, Manuel Intriago, un hincha de Barcelona, de 49 años, le grita desde su auto: “¿Qué pasó con el equipo, ‘Pipa’”. Este aficionado intenta que el exdelantero le explique por qué el ‘Ídolo’ había perdido el día anterior su partido de Copa Libertadores ante Estudiantes de La Plata. “Hay que apoyar a los muchachos”, le alcanza a decir De Ávila antes de que el semáforo cambie a verde. Unos metros más adelante, otro seguidor ‘canario’ se le acerca para saludarlo, le pide un autógrafo y se saca una foto con él. Para los hinchas ‘toreros’, el ‘Pipa’ no es un ser extraño.

Después de retirarse en Barcelona, el ‘Pipa’ se quedó en Ecuador cinco años más, hasta 2005. Cuando estaba activo compró varias hectáreas de tierra en Daule y Samborondón, donde tuvo un cultivo de arroz, pero el negocio fracasó, dejó a su hermano a cargo y regresó a Colombia. Volvió a Cali y abrió una escuela de fútbol que no funcionó. Buscó mejor suerte en Bogotá, pero nada. Finalmente retornó a su amado América de Cali, donde primero fue entrenador de delanteros y hoy es un cazatalentos.

Su negocio es una finca con piscinas, cancha de fútbol, discoteca y otras distracciones, con capacidad para 60 personas en 10 cabañas. Allí, en el sector de Pasoancho, vive con su esposa, Lida Valenzuela, y sus hijas. Y con su querida biblioteca.

    Su afición por la literatura empezó cuando en uno de tantos entrenamientos Gabriel Ochoa, extécnico del América de Cali, les dijera a sus jugadores: “Leyendo pueden entender mejor la vida”. Anthony siguió el consejo al pie de la letra y desde entonces ha leído todos los libros que ha podido. Cuando su hija Mabel tenía 17 años (hoy tiene 25), le regaló Cien años de soledad, pero su obra preferida de Gabriel García Márquez es El general en su laberinto.

   De Ávila nació el 22 de diciembre de 1963 en la costera Santa Marta. Vivía en el barrio Pescaíto, donde creció el ‘Pibe’ Valderrama, y estudiaba en el Liceo Celedón, el mismo donde se formaron académicamente el ‘Pibe’ y Rafael Escalona.

Durante su infancia solía pescar con su padre y jugar ‘chechita’, una suerte de béisbol callejero donde se usan palos de escoba en lugar de bates, y tapas de gaseosa en lugar de pelotas. Su padre, al que sus amigos le decían el ‘Pipón’ por barrigón y patucho, fue beisbolista e integró la selección de Colombia y de Magdalena, que ganó el campeonato nacional de 1978. Anthony no solo heredó la corta estatura de su padre sino también un diminutivo de su apodo: el ‘Pipa’.

  Y aunque De Ávila era un buen ‘paracortos’ (jugador de béisbol que ocupa la posición entre la segunda y tercera bases), siempre prefirió el fútbol.

   Su carrera empezó en 1982 en el América de Cali y desde el inicio estuvo llena de gloria. Ganó siete campeonatos nacionales con los ‘diablos rojos’ y uno con Barcelona. La Federación Internacional de Estadística lo incluyó en la lista de los mejores 300 goleadores de todos los tiempos. Fue artillero del fútbol de Colombia en 1990 y de la Copa Libertadores en 1996. De esta última fue cuatro veces subcampeón, tres con el América y una vez con los ‘canarios’. Es uno de los más importantes jugadores en la historia del Metro Stars de Nueva York. Participó además en los mundiales de 1994 y 1998 con la selección de Colombia.

Y tiene otro récord. En 2009 el América le permitió volver al fútbol y entró a los Récords Guinness  como el jugador más viejo del mundo, con 45 años. El último gol de su carrera lo marcó en un clásico del Valle del Cauca ante Deportivo Cali.  En 1997 integró la selección Resto del Mundo, en la que compartió con grandes figuras del fútbol sudamericano, como Gabriel Batistuta y Ronaldo. Marcó uno de los goles en la victoria 5-2 de Resto del Mundo contra Europa, dirigida por Franz Beckenbauer, y que en ese juego contó con la presencia de estrellas como Zinedine Zidane, Patrick Kluivert y Fernando Hierro.

Con su arribo al América llegaron los triunfos: cinco campeonatos en línea entre 1982 y 1986.       

En total gané 7 campeonatos nacionales con América y uno con el Barcelona. Todo eso fue posible porque eran otros tiempos. Se podía trabajar tranquilo, sin tanta presión de la hinchada. La dirigencia cuidaba a los jugadores y nos daba lo que necesitábamos. Me gané a los aficionados a punta de goles. Soy el máximo goleador en la historia del club con 206 goles, 179 en el fútbol profesional colombiano.

¿Qué papel jugaba en el América Miguel Rodríguez Orejuela, líder en ese entonces del Cartel de Cali, y cuál era su relación con él?

Recuerdo que usted le dedicó un gol en un partido entre Colombia y Ecuador por las eliminatorias a Francia 1998.            Era el amo y señor del club. Eran los tiempos de los altos sueldos y en dólares. Cuando ganábamos un título o un partido importante se repartían fajos y fajos de billetes verdes. Los  jugadores nos reuníamos a hacer parrillada en el Rancho de Jonás. Las fiestas duraban varios días. El parqueadero de la sede del club estaba lleno de carros Mercedes Benz, Toyota y  deportivos BMW.

   ¿Tenía contacto directo con Rodríguez Orejuela?

Él decía que yo era su hijo. Una vez, luego de ganar el título nacional de 1990, en una fiesta en su finca, Miguel Rodríguez me mandó a llamar. Cuando me vio, se paró, me abrazó y me levantó mientras gritaba: “¡Este es mi hijo. Este es mi hijo!”. Fue tan largo y fuerte ese abrazo que los dos caímos al piso y no parábamos de reír. Yo era su alegría. Pero todo eso es ahora un lindo recuerdo.

  Pero hay quienes recuerdan que usted era un diablo en sus primeros años en el América.  Le gustaban, según cuenta el escritor Umberto Valverde, director por muchos años de la revista del América, la rumba, la salsa brava y las discotecas.

  Yo siempre andaba armado y me escapaba de las  concentraciones. No digo que esté bien, por el contrario, no se lo aconsejo a ningún jugador. Ochoa me llamaba la atención siempre. Los hermanos Rodríguez Orejuela (Miguel y Gilberto) siempre me aconsejaron: “Mijo, ahorre”, “Mijo, mire que su profesión es muy corta”, me decían. Por eso no me arrepiento de haberles dedicado un gol y lo volvería a hacer si pudiera.

¿Cómo lo convenció el capitán Xavier Paulson, presidente de Barcelona en ese entonces, para que aceptara la propuesta del club?

 El ‘Pipa’ llegó a Barcelona en 1997,  jugó 52 partidos y marcó 27 goles. En la foto se ve intentando quitarle la pelota a Néicer Reasco, en un cotejo contra Liga de Quito en Casa Blanca. Foto: Archivo / El Telégrafo Yo estaba en Nueva York cuando recibí la llamada de mi empresario. Él me dijo que había tres opciones: México, Brasil y Ecuador. Yo me decidí por Barcelona por la cercanía de Ecuador con Colombia. En una hora en avión ya estaba en Cali con mi familia. Pero hay una razón más fuerte que hizo que me decidiera por Barcelona. Cuando yo dejé de jugar en Estados Unidos tres temporadas, sentía que el fútbol se estaba acabando para mí, pero cuando llegué a Barcelona sentí nuevamente esa energía para seguir jugando. Los aficionados me inyectaron esa motivación para continuar con mi carrera. Fueron los hinchas de Barcelona los que evitaron que anticipase mi retiro.

     ¿Recuerda su primer gol con la camiseta de Barcelona? 

Algo. Creo que fue en un partido en el Olímpico Atahualpa contra el Deportivo Quito antes de la liguilla final del torneo, se lo hice a Carlos Enríquez.

¿Qué buenos amigos le dejó su paso por el club amarillo?

 José Francisco Cevallos estaba pendiente siempre de los extranjeros. Cuidaba que no nos faltara nada. Nos guiaba en la ciudad, nos recomendaba lugares para visitar. Fue un  compañero inigualable y ahora es un gran amigo, tanto así que cuando me llamó para que viniera al homenaje que me iba a rendir el club no lo dudé. Después del América de Cali, Barcelona es mi segunda casa.

Tomado de: El Telegrafo