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    NOS DEJA RONALDINHO

    Muchos futbolistas colgarán las botas en 2018. Pero muy pocos serán recordados como auténticos magos del balón. Ronaldinho, aquel brasileño que llegó 15 años atrás para inundar de alegría nuestra Liga, ha decidido dejarnos huérfanos de su magia.

    Lo recibes en el aeropuerto de Barajas y sí o sí tienes que conseguirlo: Ronaldinho no puede encender su teléfono móvil”. Es julio de 2003, la presión del Real Madrid y, sobre todo, la inacabable montaña de euros del Manchester United amenazaban un fichaje que iba a dar sillón presidencial a Laporta y que sacaría de la depresión al Barça de la era Gaspart para enterrar al Madrid de los Galácticos. El pasado 16 de enero, aquel jugador que llegó 15 años atrás para inundar de alegría la Liga, nos dejó huérfanos de su magia tras 7.258 días de trayectoria profesional. Puede descansar orgulloso: el recuerdo de su manera de jugar y entender este fútbol recorrerá por siempre el tiempo.

    Con el pequeño Ronaldo de Assís Moreira, los profesores se afanaban en hacerle ver la importancia del estudio. Pero esa criança de pelo ensortijado se rebelaba: “¿Para qué voy a estudiar si voy a ser jugador de fútbol?”. Quien sobre el césped era capaz de encontrar mil y un caminos hasta el gol, sabía que su vida sólo podía transitar por dos sendas: “la música o el balón”, sus dos pasiones. En los barrios de Vila Nova y Restinga de Portoalegre siempre se le veía con una pelota: “La cogí y ya nunca la abandoné”. Joao, su progenitor, falleció por un paro cardiaco cuando Ronaldinho tenía 8 años, un hecho que marcó su vida sin dejar que le poseyera la tristeza.

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    Un año antes de la trágica noticia, Gremio ya había extendido sus tentáculos sobre aquella joya. En el Imortal Tricolor jugaría 14 años, hasta los 21. De alevines a profesional. Los portoalegrenses de memoria más lúcida todavía recuerdan aquel partido infantil que acabó 24-0. Él hizo los 24 goles, cuatro de córner directo. A los 17, cuando ya era evidente el advenimiento de un crack al Arena do Gremio, le firmaron su primer contrato profesional. “Vivía más tiempo en su estadio que en mi propia casa. Allí empezó todo”.

    Su capacidad sobrehumana para que le resbalara la presión salió a relucir bien pronto. ‘Retiró’ a Dunga con uno de los mejores regates de la historia. Todo un imberbe ridiculizando a una leyenda de la pentacampeona mundial en el Grenal, uno de los derbis más calientes del mundo: Gremio-Internacional. A aquella obra de arte le siguió otra que le valió firmar con Nike su primer contrato de derechos de imagen. El motivo: hacerle a Venezuela en la Copa América uno de los mejores goles de su carrera en su segundo partido con la absoluta..

    Ronaldinho iba directo a la mesa de los mejores evolucionando a una velocidad que Gremio no le recompensó. Tras varias promesas incumplidas de subida de sueldo, llegó el momento de dar el salto a Europa tras 70 partidos y 42 goles. Se decidió por el PSG, un equipo que entonces estaba alejado del glamour de estos días. La operación acabó en la FIFA y con la animadversión de la hinchada brasileña, que no entendió su decisión. Por su obcecamiento, Gremio sólo acabó recibiendo 4,5 millones de dólares, cinco veces menos de lo que estaba ya valorado.

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    En París, entrenado por Luis Fernández, estuvo seis meses sin poder jugar y tuvo actuaciones discontinuas. Pero, como el grande que es, dejó sus mejores actuaciones para los partidos grandes. 25 goles y 18 asistencias en dos campañasque le alcanzaron para ser ídolo de la afición parisina y sacar billete para el Mundial 2002, donde levantaría el quinto mundial de la verdeamarelha y dejar un histórico gol a Seaman.

    Detrás de aquel contrato que firmó con Nike tras el golazo a Venezuela estaba la figura que iba a hacer posible que Ronaldinho iluminara el Camp Nou y no el Bernabéu u Old Trafford. Sandro Rosell, amigo del Gaucho. Hasta Jordi Pujol llamó en el momento más caliente de la negociación para presionar y que aceleraran la contratación. Finalmente, aprovechando que los dirigentes del United volaban a Estados Unidos para la gira, pudieron firmar al 10, con 30.000 emocionados espectadores que acudieron a su presentación para ver por primera vez el saludo surfero (del grupo de música de sus amigos de la infancia) que iba a ser la marca registrada internacional del crack.

    Le bastó un partido para cambiar el motivo de las pañoladas del Camp Nou de la época de Gaspart. Firmaría en su debut contra el Sevilla, que comenzó a las 00:05 horas, una de las mejores cartas de presentación del fútbol moderno. “Pensaba que no iba a ir nadie y el estadio estaba lleno”. Un gol inolvidable que anunciaba una era. El Camp Nou ya tenía al ídolo que necesitaba, y Ronaldinho daba continuidad al largo hilo de sus referentes: Romario, Ronaldo, Rivaldo… Era la nueve R brasileña del Barça.

    Todo ese talento necesitaba la sensibilidad y comprensión de un técnico que le llevara a la cúspide. Y Laporta había acertado con el nombre: Rijkaard fue el mejor entrenador de Ronaldinho. El Camp Nou pasó a ser un parque de atracciones gracias al holandés y el brasileño, con la ayuda de los Etoo o Deco. Tras una primera temporada sin títulos pero con la ilusión renovada, llegaron dos Ligas y la ansiada Copa de Europa. Los Galácticos abdicaron. La Liga tenía nuevo rey.

    Al Barcelona le llevó a una nueva dimensión: se convirtió en el equipo con más seguidores e ingresos de Europa. Alcanzó la excelencia: la jugada contra el Athletic, el gol al Milán en el último minuto, el palo de golf al Chelsea, la cola de vaca a Manuel Pablo, el Bernabéu puesto en pie claudicando a su magia, las faltas que aprendió a tirar de su ídolo Zico, la elástica a Cuartero, el sombrero de espaldas a Osasuna, la chilena al Villarreal… Un país que ya le admiraba se paraba para disfrutarle cuando agarraba el balón. Un repertorio que le llevó al Balón de Oro de 2005. Su carrera alcanzó la cumbre. Y justo allí, en el sitio más alto donde puede llegar un futbolista, su hegemonía se pinchó.

    En la 06-07 marca 21 goles, pero algo había empezado a cambiar. La velocidad de vértigo se convirtió en carreras dosificadas. Los trucos pasaron de ser rutina en esporádicos momentos. Y todo empeoró en la siguiente campaña: se multiplicaban sus supuestas visitas al gimnasio, acusaciones de vida disoluta y peligrosos cambios de compañías o se debatía sobre su peso. El rendimiento decrecía y el declive era evidente. Algo se había torcido en su motivación. La marcha de Rijkaard precipitó su salida. Por la misma puerta que entró Guardiola, salía Ronaldinho.

    Su último regalo fue de un valor incalculable. Apadrinó a un canterano que iba a acabar siendo el mejor de la historia del Barcelona. “Ven y ponte aquí a mi lado que tú ya no tienes que estar con los del filial”, le dijo a un jovencito Messi. Cuando se fue le instó a que heredase la ‘10’ del Barcelona. En la más simbólica de las transiciones, Ronaldinho dio a Messi la asistencia de su primer gol con el primer equipo.

    En Milán comenzó bien pero nunca llegó a marcar diferencias con el 80 a la espalda (su año de nacimiento). De allí volvió a su país pensando que tendría más fácil ir al Mundial 2014. Tras Flamengo, Atlético Mineiro, donde iba a alzar la Libertadores para acabar de sacar lustre a su extenso palmarés. Ronaldinho sí que puede presumir de haberlo ganado todo: Mundial, Copa América, Confederaciones, Champions League, Libertadores, Liga española, Liga italiana, Mundial Sub-17 y, por supuesto, el Balón de Oro.

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    Se despidió del fútbol en el Querétaro mexicano y Fluminense tras irse por el sumidero su último gran sueño. Tras 20 años defendiendo a su país, estaba convencido de que Scolari nuevamente le alistaría para el Mundial de 2014. El Mundial de su país. Su Mundial. Su gran despedida de la élite. El colofón soñado. Ya nunca sabremos si el carisma del Gaucho podría haber evitado algo de aquel trágico 1-7 contra Alemania.

    De la calle Jerolomo Minuzo 73 de Portoalegre donde empezó a inventar sus primeros regates en el campo do Periquito a ser el monarca absoluto del fútbol mundial. No se conoce la persona en el mundo a la que Ronaldinho caiga mal. El Camp Nou le idolatró, el Bernabéu lo aplaudió y el Calderón se rindió a él cuando besó su césped en el partido de despedida del estadio. Ronaldinho siempre iba con la sonrisa puesta, tan grande como las que provocaba en todos los que nos sentamos en un estadio o delante de la TV para disfrutarlo. Un genio único. Gracias Gaucho.

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